Como pediatra me ha tocado vivir momentos duros en la vida de algunos niños. Historias que, en algunas ocasiones, terminan inspirando y otras invitando a la reflexión. Hoy quiero compartirles la historia de Jorgito.
Jorge tenía 11 años cuando llegó a urgencias. Fue llevado al hospital por una tía. El cuadro no era muy alentador, ya que, los padres de Jorge habían migrado a otro país y ella se quedó a cargo de él y su hermanita de 6 años.
La tía me contó que Jorgito presentó una herida en el pie, provocado por la caída de un árbol sobre un cerco con alambre espigado. Luego de 3 días, de dicho acontecimiento, inició con fiebre y estiramientos repentinos e incontrolables de su cabeza y espalda, luego de la boca (trismo), impidiéndole consumir alimentos.
Jorge contrajo tétanos.
En ese año (2002) no existía el medicamento que lo ayudaría a relajar sus músculos, por lo tanto, se ideó una fórmula la cual preparó un laboratorio químico nacional, y se le administró durante muchos días, con esto y los cuidados del área de intensivo, la evolución fue buena y se resolvió el problema.
Para entonces, ya llevaba 6 semanas en tratamiento y le quedaba un largo camino para comenzar a hablar, alimentarse solo y un largo período de fisioterapia.
La tía buscó registros de vacunas, pero para sorpresa de todos ¡no existían! Jorge jamás fue inmunizado.
Ahora sabemos que simular la enfermedad en nuestro cuerpo, por medio de una vacuna, produce los efectos protectores contra la misma. Y mientras ese tipo de prevención se desarrolla, las medidas higiénicas siguen siendo la vacuna más efectiva.