Hace 17 años (2003), durante mi entrenamiento como Pediatra en el Hospital General San Juan de Dios, vivimos junto a mis compañeros y amigos uno de los más grandes brotes por Rotavirus en Guatemala, en ese tiempo aún no teníamos a disposición la vacuna a nivel de esquema básico nacional.
Pasamos tres meses atendiendo hasta 6 niños con síndrome diarreico por cama, multiplicado por 30, con muy poco personal (que por cierto siempre fue muy competente), suero oral que preparábamos nosotros mismos en el hospital con insumos mínimos y, por si eso no fuera sufienciete, la presión de los estudios que exige la carrera. Lo combatimos a nivel curativo, ya que la higiene era la parte medular del problema (y lo sigue siendo).
Recuerdo andar con miedo de contagiarme y por ende contagiar a los demás, pues sólo el jabón y el alcohol eran nuestros mejores amigos (en ese tiempo usamos otras alternativas, ya que no existía aún la opción en gel). Era además todo un tema llegar a casa, en donde los abrazos de mis padres, alimentos y descanso tenían que esperar, porque lo primero era: entrar descalza, con paso a ritmo del cansancio de más de 36 horas, un balde de agua con detergente para poner mi ropa y un baño con antibacterial.
Al cabo de ese tiempo, todo se resolvió y aprendimos mucho, desde consolidar nuestros conocimientos, en cuanto a prevención, tratamiento y consulta oportuna, gratificante definitivamente.
A partir de esa experiencia, se volvió una rutina cada vez más profunda el cuidarme, para cuidar a los demás; principalmente cuando al pasar de los años se tiene a una linda nena en casa y los gérmenes cambian su forma de vivir y de atacarnos. Todo esto es cuestión de hábito, de aceptación y el pensar en el bien personal y común.
Siempre he pensado que la higiene es de conciencia personal, porque solo tú sabes si tienes la manos limpias o no.
Te invito a ser un ente de cambio en todo momento, inicia contigo, porque todo comienza en casa, por nosotros … por un mejor mañana.